Prólogo

La presente es una historia. La historia cotidiana que narra el devenir de la estaca sobre el corazón. Se trata del relato que hacen los clavos al caer sobre la cruz. Se trata de la crucifixión, pero de aquella que alimenta la sed de la tierra; encomio del erotismo y comunión con el pulso hirviente que lleva a los fluídos por el cuerpo, a la tinta por el papel, al cincel contra la piedra; pero también: a las manos que mecen los cabellos, a la lengua que envuelve los senos, el pene erecto o la vagina que al apuntar contra el cielo del pubis asimismo se entrega; frío cuchillo o vórtice de tierra. Si hemos de ofrecer alguna forma impropia a la vida, el pulso resulta el elemento propicio. Así arde entre las venas como la pasión que es; desgarradora corriente que nos somete y constantemente insta al desplazamiento. Lo menádico ha sido y será nuestro regocijo: esa vida que se devora a sí misma.

La apertura y el cierre son nuestro propio latido. Lo más singular, aproxima a unos más que a otros a las fauces del abismo. No hay medidas precisas ni certezas, nada que aparezca ante los ojos; sólo tensión: ánodos/cátodos, apertura/cierre, bios/thanathos. No hay posibilidad de fuga. El pulso es la orgía que nos reúne al tiempo que nos separa; hoguera que libera al tiempo que descubre lo que oculta la carne. Sobra advertir que al igual que a Sémele, la epifanía destruye como el rayo; sólo un atisbo es posible, un infinitesimal parpadeo y por ende, el arte tiene más valor que la verdad (adecuaetio). La poesía, el arte, constituyen la manifestación (revelación) de ese pulso e infinitesimal instante. Las formas que emergen de nuestro propio latido (su epifanía) rebasan el sentido común de lo bello, así como también, cualquier exposición sistemática de conceptos. En su lugar, emerge la ausencia en las mientes como la inquietud oscura de lo sublime. No se trata de una apuesta por lo elevado sino por el coito profundo que reúne pasado y futuro, lo alto y lo bajo; lo divino y lo mundano. Asimismo se trata de ser fuego y quemar, se trata de arder y ofrecer la propia sangre en holocausto; se trata de devenir el más terrible demonio.

Así entonces, los diferentes modos en que hemos expuesto nuestros contenidos tratan de ensordecer antes que complacer, extendiéndonos por el abismo incómodo de la presencia hueca; de la des-presencia. Finalmente, a quienes se han comunicado preguntando por sitios de reunión, les daremos respuesta mediante las presentes páginas empero no aguarden una cálida invitación a participar. Sobra decir que para la gran mayoría las actividades presenciales no son una opción. Agradecemos su interés y en la medida en que su quehacer hable por sus particulares deseos, tendremos la oportunidad de conocernos mejor.

Salve

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